Soñar despierto; despertar soñando

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Foto: Luis Benítez (Huelva, España)

Calles llenas de polvo, casas de barro y un escenario que sitúo en el Marruecos más singular, el más profundo. ¿Marrakech? Pudiera ser, ¿por qué no? Apoyado en una pared, con ropajes sucios y vetustos, y agarrando un misterioso libro como el que sostiene un tesoro, un mendigo llama mi atención. Me acerco a él con la confianza ciega de aquel que no teme a lo desconocido, y que siente atracción por lo diverso y enigmático. El mendigo, con su mirada fija en mis ojos, y con una expresión de calma infinita en su rostro, parece conocerme desde el principio de mis días. Se dirige a mí en unos términos y modo de hablar que me convierten, con pocas palabras, en buen entendedor. Pudiera ser que el motivo de tan buena comprensión fuera el simple hecho de que la escena descrita es meramente un sueño propio. Tal vez mi subconsciente, paradójicamente consciente del momento en que me encontraba en ese periodo de mi vida, me lanzase un grito de socorro a través de ese pintoresco personaje que mientras dormía me hablaba de sueños y de la ilusionante búsqueda de la felicidad. No logró engañarme su aspecto, pues bajo esa imagen de aparente fracaso se escondía una vida plena y satisfactoria, llena de experiencia y, sobre todo, sabiduría.

Al final de su magistral reflexión, me lanzó una pregunta tan directa que me hizo despertar: “¿eres feliz?” Cuando abandoné los brazos de Morfeo y abrí los ojos, y tras unos segundos en los que confundía realidad y sueño, me quedé ahí parado sabiendo que algo importante estaba a punto de suceder, mirando al techo y sin atisbo de movimiento alguno, tratando de dar respuesta a una pregunta que removió todos los cimientos de una vida (la mía) que no me llenaba.

Por fortuna y riqueza de la vida cada ser en este mundo es diferente. Por tanto, también son diversas las expectativas que cada uno porta. En esa diferencia debe ir anexo el respeto y la comprensión de que cada uno tenga derecho a elegir qué le hace feliz. Para mí, la estabilidad, o al menos en ese instante y por ahora, no pesa en el saco de la felicidad si siento que no estoy haciendo todo lo posible por hacer de éste un mundo mejor. Por eso, y después de reflexionar mucho acerca de la pregunta que me hizo ese mendigo, supe que ese sueño marcaría de algún modo un antes y un después en mis días.

Las jornadas e incluso las semanas fueron pasando y esa historia se quedó adormecida en mi memoria, aunque en la tarde de un tranquilo domingo de repente despertó. En unas vacaciones de las que disfrutaba de una vuelta a casa, con mi familia, mi padre me pidió ayuda para mover unas cajas que estaban en el trastero de mi casa. Me parecía interesante rescatar objetos de mi infancia de un lugar que debía llevar, si la polvorosa estampa no mentía, muchos años sin recibir visita alguna. Tal era mi impaciencia que ni si siquiera esperé a mi padre para bajar al sótano.

Entre todas los objetos que allí descansaban, unos perpetuados y otros relegados, se emplazaban cosas que hasta ese momento desconocía, entre las que destacaban algunos libros. El que más llamó mi atención fue uno que a posteriori se convertiría en la guía más práctica de mi vida. Desempolvé lentamente la portada vacía de imágenes, de tono rojizo, y lo abrí para leer el título: El Libro de los Sueños. Se trataba de un libro que alguien había dejado allí hacía presumiblemente mucho tiempo en un epítome de lo onírico. En la primera ojeada pude vislumbrar que el libro, al completo, estaba en blanco. Eso fue lo que más me intrigó. Curiosamente no pregunté nada a mi padre en ese momento acerca de tan preciado trofeo, que apresuré en esconder en una vieja bolsa. Dicha fortuna debía ser primeramente examinada por su nuevo descubridor. De ese modo me hice su dueño ilegítimo, como queriendo de forma egoísta y desconfiada ser el único en desempolvar, cuidadosamente, un libro que decidí guardar por el momento en un cajón de mi antigua habitación. No quise examinarlo rápidamente y de forma descuidada. Por suerte o por desgracia a veces peco de tardío, y dejé en este caso para mañana lo que pude hacer en ese hoy.

Es curioso, pero al joven que pasaba en ese momento por un prado de preguntas existenciales le vino como anillo al dedo el hecho de toparse con tan enigmática pieza. Cuando al día siguiente abrí el cajón para curiosearla, llegué a una misteriosa y enigmática posibilidad: ¿no sería ese libro de cuyo origen nadie es sabedor el mismo que portaba el sabio mendigo de mis sueños? Podría ser… o probablemente es simple casualidad, ¿quién sabe? Lo único certero, en este caso, es que fue la señal que me inspiró a cambiar mi vida, y a buscar, alrededor del Mundo esos sueños que faltan por escribir. Ese día nació La Vuelta al Mundo en 80 Sueños.

Y como no podía ser de otra manera, todo comenzó, esencialmente, por un sueño. Tal vez sean ciertas esas odas a lo onírico que con frecuencia los románticos poetas utilizan en sus letras, y los literales sueños nos conduzcan a lo platónico. Quizás, cuando dormimos, nuestros yos se intercambien los papeles, y el que se aloja en el subconsciente piense que es hora de cumplir los caprichos que se acomodan en lo más profundo de nuestro ser. Al consciente no le queda otra opción que la de aceptar su destino, y bravo y temerario mira de frente a la vida para borrar miedos del mundo real y salir de nuestra a veces tan peligrosa zona de comodidad…

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