Imposible de olvidar

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Fotos: Luis Benítez (Santa Teresa di Gallura, Italia)

Que la experiencia da la sabiduría lo sabe todo el mundo, pero paradójicamente sólo se aprende de verdad con la experiencia. Es la única pescadilla que no se muerde la cola. Todos damos por hecho ciertas verdades universales que nadie se atreve a poner en duda, como que el mundo es un lugar injusto en el que pocos tienen mucho y muchos tienen demasiado poco. Es obvio, y lo sabemos. Pero lo más cómodo para el ser humano de clase acomodada es no detenerse a pensar demasiado en los problemas de los demás. Es por eso que cuando vemos a alguien que no se nos asemeja ni siquiera nos molestamos en saber más allá de lo superficial, englobando a millones de personas bajo un mismo concepto que los diferencia de nosotros mismos: inmigrante, por ejemplo. Los de aquí y los extraños que vienen porque sí; los pobres y nosotros, sufridora clase media; los negros y los blancos; o en el mejor de los casos, los pobrecitos que nos hacen sentir mal y nosotros, que qué culpa tendremos…

Repito: saber y aprender son dos conceptos muy diferentes. Hoy, un viernes cualquiera del mes de abril, he llegado a miles de conclusiones. Siempre las supe, pero hoy las aprendí. Y todo gracias a una experiencia que me ha puesto de golpe y porrazo enfrente de cientos de personas con historias que dan para escribir cien novelas. En tan sólo una tarde, en la que he tenido la oportunidad de interactuar con muchos, y dialogar más profundamente con pocos, he podido oír que las quemaduras del brazo de uno de los chicos son a causa de una bomba que le explotó al lado; que el chaval al que hemos ayudado durante una hora a hacer un CV vio cómo destruían su propia casa; o cómo la niña con la que hemos jugado después de comer se pasó 4 días en una barquita, buscando el horizonte, sin prácticamente comer ni beber, jugándose una vida que otros tantos han perdido en ese mismo camino. Es tan fácil criticar sin saber lo que hay detrás de cada persona… Antes de opinar, nos debemos adentrar. Siempre. Porque detrás de cada persona hay una historia que seguramente nos estremezca. Nunca podré imaginar cuánto daño ha tenido que soportar esta gente que, en realidad, si comparamos, son los más afortunados de muchos. Y es que, la gente que vive aquí, en un hotel de 3 estrellas de este pequeño pueblo del norte de Cerdeña, no supone ni un ínfimo porcentaje de todos los que cada día se ven forzados a abandonar sus países de origen para adentrarse en una aventura de la que seguramente no salgan airosos: Nigeria, Togo, Mali, Senegal, Burkina Faso, Ghana, Guinea Ecuatorial… Familias, amigos, trabajos, y vidas. Sueños. Felicidad. Todo quedó atrás para ellos. Muchos, de hecho, no quieren ni recordar.

Bright, 20 años

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Antes de hablar de Bright, debo nombrar a Martina, una chica licenciada en la carrera de Lenguas que ayuda a los inmigrantes en muchas de las dificultades con las que se van encontrando en el día a día. Una de ellas es la barrera idiomática. Estamos aquí, mi amigo Paco y yo, precisamente, para poder echarle una mano, porque 140 personas son muchas personas, incluso cuando las ganas de ayudar son magnas. Esta tarde nos ha pedido que ayudemos a Bright, un chico nigeriano que de forma pro-activa ha decidido hacer un CV para buscar trabajo, a pesar de ser consciente de que la burocracia italiana es un impedimento a la hora de encontrarlo. Con un inglés difícil de entender y una aparente inocencia que se multiplica al no dominar el arte de comunicar, hemos intentado de buena forma hacer un currículo en el que la parte de los estudios y la experiencia laboral se ha vuelto un tanto complicada de rellenar. El porqué es imaginable. Es paradójico, pero cuando más seguro se ha dirigido a nosotros ha sido precisamente cuando se le ha torcido la voz. Con un “no quiero recordar” nos ha llevado de repente a un paisaje devastador en el que fue espectador de cómo a causa de los conflictos civiles su casa era reducida a nada. Su familia, lejos y con nada. Y a él, lo único que le queda, y por lo que más le vale, es esperanza.

El viejo de la tienda

Ayer, cuando llegamos a este pueblo de 400 habitantes, que aunque aparentemente no es gran cosa se sitúa entre las playas más bonitas de Italia, decidimos pasar por un mercado para comprar algo de merienda y agua embotellada. La tienda familiar está muy cerca del hotel donde dormimos y colaboramos con los inmigrantes. Cuando íbamos a pagar, y sin sorprendernos demasiado por ser deporte nacional aquí en Cerdeña, la familia de la tienda nos regaló conversación. Cuando les contamos que íbamos a ayudar con los inmigrantes, lo primero que el patriarca de la familia espetó, con rostro fruncido y expresión enfadada, no fue otra cosa que un discurso acerca de lo malos que son los negros que llegan a Italia y lo tontos que son aquellos que les dan asilo. Qué triste es, digo yo, hablar sin conocer. Seguramente, si este señor, al que voy a perdonar y perdoné por no haber recibido (seguramente) la educación suficiente y por recibir (me aventuro a adivinar) una pensión lamentable después de trabajar duramente toda su vida en el campo, abriese por un instante y sólo un poco su mente y se acerque a las personas que han sufrido tanto y escuche de verdad sus historias… opinaría de manera muy diversa. Quien elige dejar todo cuanto tiene, en estas circunstancias, no lo hace por otra cosa que por luchar por un futuro lejos de guerras, hambre, y una vida llena de dificultades.

Precious, 3 añitos

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Ella es, como su propio nombre invita a imaginar, una preciosa mirada del chocolate más dulce que regala ternura con una sola de sus sonrisas. Es inocencia pura, y felicidad con pies de bravura. Sin embargo, esta bambina africana de tres años esconde bajo su risa permanente y sus ganas de vivir un trauma que duerme escondido. Para resumir diré que su llanto fue la banda sonora continua durante los 4 o 5 días de travesía de un pequeño barco que abandonada la costa sin esperanza de Libia en busca de la costa del clavo ardiente europeo de Cerdeña. Precious va a la escuela con los demás niños del pueblo. Habla inglés e italiano, y ha tenido al menos la relativa fortuna de tener a sus papás como acompañantes y al alcance de la mano la posibilidad de integrarse de forma más sencilla en una sociedad a la que aún le queda, no obstante, mucho camino que recorrer para aceptar a aquel que es diferente. Aunque su vida empezó siendo llanto, lo cierto es que ella porta el rostro de la esperanza de una gente que sólo ansía reencontrar la felicidad.

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