Soñando con vivir

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¿Cómo puede un tumor volverte una persona más feliz? ¿Es posible que una enfermedad que te mata te enseñe a vivir? Pablo, un amigo que sueña, simple y llanamente, con vivir.

Aquí sentados, en un parque de al lado de mi casa, vemos pasar las horas sin verlas, en una tarde soleada que nos ha querido otorgar una de esas sonrisas que cuando nos vemos, de tanto en tanto, nunca nos faltan. Los niños juegan al fútbol a nuestra vera, adentrándonos en un otoño por el que la gente pasea dejando atrás un día más de este bipolar mes de septiembre. Cada uno con su vida propia, sus fortunas y preocupaciones. Pablo, por su parte, es de esos amigos que no exigen de constancia o permanencia, de los que no importa no haber visto en mil meses, porque cuando dos amigos de verdad se vuelven a cruzar todo sigue igual que antes de ayer. Bueno, todo no. Ahora, con un poco menos de pelo y unos kilitos de más que le ha quitado y regalado por partes iguales la enfermedad, exhala una positividad que resulta, al menos para el que no conoce su historia, contradictoria y confusa.

Y ahora voy a hablar desde la silla de aquel que mira desde la distancia a cualquier persona enferma de cáncer, y en concreto de lo que un día, de repente, interrumpió la normalidad de un joven con vida estable en Sevilla, sin grandes dolores de cabeza. El villano de esta historia se llama “Sarcoma de Ewing”. Es el segundo tumor que Pablo combate, pero el primero tan extraño que se lo diagnostican a una de cada millón de personas. Es aquí donde vamos a empezar a derribar tópicos que surgen fácilmente en la cabeza de cualquiera, como el de “por qué a mí”, o el de “por qué a mí otra vez”, ya que la conversación de este lunes trata de eso precisamente. Versa sobre derribar lamentos. Lejos de convertirse nuestra charla en un terapéutico modo de desahogarse y compartir un rato para expresar todo lo que ha sufrido, se transforma ésta en una lección que me regala enseñanzas de las que no se estudian, sino que se tatúan gracias a golpes que no avisan. Y es que, en la vida hay que estar atentos, con papel y boli en mano, pues nunca se sabe cuándo podemos ser noqueados.

Nadie en su sano juicio quiere pasar por un cáncer. Eso es evidente. También resulta lógico adivinar todo el sufrimiento que hay detrás de un año de pruebas, sesiones de quimioterapia y lucha continua. Ha habido momentos en los que la toalla parecía estar tirada. Días en los que la motivación era una utopía y la lucha un peso difícil de asumir. Ahora, en mitad de las sesiones de radioterapia, tras decir adiós a la destructiva quimio, se siente Superman. Cualquiera podría pensar que algo así nos derrumbaría, y sin embargo es fascinante a la vez que paradójico el hecho de que, después de la pelea agotadora contra la enfermedad, su autoestima esté en niveles más altos que nunca, porque al superar la batalla es consciente de lo fuerte que es. “Si he sobrevivido a esto, sobreviviré a cualquier cosa”, me dice con una seguridad contagiosa. Antes no entendía a los que decían que un cáncer les había cambiado la vida. Ahora tiene paz. Es más feliz. Ha ordenado aspectos que andaban revueltos, como esas inseguridades de cualquier chico de veintitantos. “Si trabajo o no trabajo, si estoy más guapo o menos guapo, si ligo o dejo de ligar…” Ahora valora más la vida y su capacidad de superación. No todo es dinero, reputación o seguridad.

Está demostrado científicamente que los niveles de felicidad de las personas no son esclavos de las circunstancias por las que ésta atraviesa. Esto no significa que no nos afecte el tener a nuestro alrededor un clima positivo que nos facilite el sentirnos mejor. Pero el ser feliz comienza por dentro, y no por fuera. No sé si me explico, pero de igual modo y en el caso opuesto, el experimentar una tragedia o dificultad tampoco quiere decir que no nos dañe, sino que una vez que se asume y se lucha por superar, la propia dificultad nos traslada a un estadio antes desconocido para nosotros, ayudándonos a madurar de golpe y porrazo y a darnos cuenta de certezas que antes ignorábamos. Cuando volvíamos caminando, ya de vuelta a casa, Pablo me explicaba que su enfermedad le ha enseñado a vivir. Los tópicos con moraleja o frases cinematográficas que suenan a utopias se convierten en él en convicciones que se alejan mucho de la fachada. Él las siente. Y lo transmite con una fuerza y seguridad que dibuja una sonrisa en la cara del que le escucha. Y ni siquiera habla con la confianza ciega del que cerró un capítulo que no va a volver a abrir, porque él mejor que nadie es consciente de que ese villano tumor será una constante incertidumbre que quizás le acompañe por un tiempo. Pero él sabe agradecerle el haberle hecho madurar en muchos sentidos. Me ha llamado mucho la atención una expresión que ha utilizado para aludir a la amistad; me ha dicho que ahora él aprovecha de sus amigos lo que estos tengan que ofrecerle. Y eso no es otra cosa que aprovechar cada momento. Si alguien le regala una conversación, él va a disfrutar cada instante de eso, de cada paseo, cada café y cada risa. Se va a olvidar de todo aquello que no sean sonrisas, porque la vida son dos días y si nos queda uno o medio no hay tiempo que perder. A menudo nos es muy difícil aplicar esto, porque estamos inmersos en una rueda que gira y gira y que se llama Primer Mundo, que ha dibujado de preocupaciones ciertas cosas que no debieran serlas. Eso es claro: nos preocupamos de estupideces, y lo extraño es que parecemos ser conscientes de ello. Nos quebramos la cabeza con lo superficial, sin viajar a lo meramente esencial: vivir. Es cierto que habitamos en una sociedad con una serie de normas que debemos aceptar, porque todos somos libres de abandonar este mundo consumista pero son muchas las cosas de las que no estamos dispuestos a renunciar en nuestros días. No obstante, y aceptando dicha circunstancia, todos tenemos la posibilidad de reflexionar y hacer de nuestra vida un lugar menos superficial y eliminar, por supuesto, preocupaciones que no merecen la pena.

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Fotos: Luis Benítez (Huelva, España)

Algo que desde mi punto de vista sí que merece nuestras horas de reflexión son los sueños. Y pienso que es de gran interés meditar sobre la evolución en una persona que atraviesa una enfermedad tan dura. ¿Qué sueños puede tener alguien que lucha cada día por sobrevivir? Pues precisamente ese: vivir. Y vivir es más que respirar. Pablo ahora no piensa en otra cosa que no sea salir hacia delante y recuperarse, y sobre todo vivir como razón de disfrutar los pequeños momentos que le regala la existencia. Lejos de lamentarse o autocompadecerse, le da gracias a la vida por haberle enseñado cosas tan valiosas. Cuando le preguntaba por sus sueños se disculpaba, casi pidiendo perdón por ser una persona “poco ambiciosa”. A mí me parece lo contrario: la mayor ambición posible no es otra que la de querer ser feliz. Es ése el mayor y más honesto sueño que puede tener el ser humano. La forma que le queramos dar a ya es otra cosa. A menudo confundimos sustantivos con verbos, y así se lo comentaba a Pablo esta tarde: desde mi modo de ver, los sueños siempre deberían ser verbos, porque lo que nos hace realmente felices no son cosas per se, sino las acciones que las envuelven. Y es que la vida trata en su esencia de hacer. La felicidad se esconde detrás de pasar tiempo con los que quieres, de disfrutar el momento, de reír, de hacer lo que más te apasiona. La vida es descubrir, es viajar, es conocer. También transmitir, hacer feliz, ayudar, e incluso, si nos ponemos creativos, la vida es cantar y bailar. La vida, queridos amigos, es soñar.

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