El mendigo que daba sushi a las palomas

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Fotos: Luis Benítez (Londres, Inglaterra)

Como oveja descarriada conocedora en demasía de su descarrilamiento antes incluso de empezar el tour, decido seguir mi instinto y abandonar, en mitad de la explicación de la batalla de Trafalgar, el discurso. Es entonces cuando mi mirada se cruza con la de un mendigo que, para sorpresa de mis sentidos, le está dando de comer sushi a la palomas. “Desconocía el gusto de las palomas londinenses por la comida asiática”, le dije para romper el hielo. Inmediatamente después y secundado por su amplia sonrisa, metí la mano en el bolsillo para sacar de mi cartera una libra y dársela, al menos, y como gesto de acercamiento. Antes incluso de enseñar la propia moneda, él, visiblemente borracho, me hace un gesto que parece autorizarme a sacarle fotos, pues mi predisposición era esa y él pareció leérmela rápidamente. Su nombre es Steve, nacido en el norte de Inglaterra y llegado a Londres algunos años atrás. Viste una barba de tres colores que no ve amago de afeitado desde que su memoria alcanza. Memoria maltratada por lo que porta su mano derecha: cerveza. Además, sin ánimo de ser original, la lleva metida en una bolsa arrugada de papel marrón. Nada más típico, dirían, de un mendigo que pasa sus días sentado en las escaleras de Trafalgar Square viendo pasar millones de almas de un planeta que no es el suyo, mientras alimenta a las palomas. -“Me llamó la atención que usted le esté dando sushi a las palomas” – “¿Sabes cuál es mi comida?”- Me respondió levantando su zumo de cebada, con aparente orgullo que no hacía más que disimular una vida llena, presumiblemente, de dificultades. El alcoholismo puede ser incluso causa y consecuencia de esos obstáculos, de hecho. Cuando rompimos el hielo le pregunté por su familia. Otro gesto, en ese momento, le delata; se rasca los ojos que se le vuelven llorosos, y me habla de otras cosas como queriendo huir de temas que le hagan pensar demasiado, y es entonces cuando me dice que ha viajado mucho en su vida, que la tilda de pasada: Hong Kong, China, Francia… Incluso España, donde asegura que fue el que puso la bomba el 11 de marzo de 2004 en Atocha. Es sólo en ese instante donde usa la demencia como escudo para escapar de las conversaciones escabrosas. Cuando le pregunto por sus sueños, vuelve a respirar hondo y me dice, visiblemente triste, que el alcohol bloquea sus ideas. Cuántas cosas pasarían por su cabeza en ese instante…

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Los sueños no son propiedad de nadie. Sus dueños no debieran ser las clases acomodadas, ni los de vida fácil o mente sana. Como Steve no quiso profundizar en los entresijos de su vida, desconozco las causas que le han llevado hasta hoy. Las puedo adivinar, pero la intuición a menudo se equivoca, y no me quiero aventurar. Lo que está claro es que sus ojos azules, sonrisa casi perenne y su mirada altiva manipulan la realidad. Ahí al fondo de su rostro, sin necesidad de indagar demasiado, encontramos una habitación desordenada y destruida. A veces se nos olvida que los indigentes que moran en las calles también son personas. Con el ejercicio tan simple de imaginarnos por unos segundos a la persona que nos encontramos cuando ésta era sólo un niño, tiraremos al suelo muchos prejuicios estúpidos que en el fondo nos hacen asumir que hay gente que vale menos como ser humano, y que nos clasificamos lamentablemente en personas de primera o de segunda. O que su alma está alienada. O que no sufren. O que ni siquiera están ahí, que no existen porque directamente les ignoramos. Y que por supuesto no son problema nuestro. Es duro, pero llegan al punto de formar parte del atrezzo de las ciudades. Qué triste, ¿no? Pues no he hablado con todos, pero puedo asegurar que el cien por cien de los que hoy duermen en la calle y no tienen qué llevarse a la boca, un día no hace mucho tiempo atrás, fueron niños. Y todos sonrieron de forma sincera. Seguramente crecieran jugando, unos más que otros, pero al fin y al cabo algún día tuvieron esa inocencia mágica de soñar con poder volar. Tenían familia. Todos quisieron ser algo en la vida, e indiscutiblemente todos amaron y fueron amados. ¿Dónde queda todo eso? Cabe hacer reflexión, por supuesto, además de preguntarse por qué los “sueños” de unos pocos contaminan los de otros muchos. Pero eso será otro capítulo. Hoy toca hacer eterno al primer mendigo que sin tener nada para comer regalaba sushi a las palomas de la plaza de Trafalgar…

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8 comentarios sobre “El mendigo que daba sushi a las palomas

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